Flavio el jardinero
07/06/2023 01:17
Por: Fernando Sandoval SalinasCuando Enrique era un niño vivía en una hermosa mansión de la colonia AltaVista en la ciudad de Chihuahua. No congeniaba con su padre a quien veía distante y encontró amistad en un hombre humilde, de escasos recursos, que trabajaba como jardinero en aquella casona.
Su nombre era Flavio. Chaparrito, flaco como lagartija, y con una gran sonrisa. Era un estuche de monerías: caballeroso, respetuoso, trabajador, responsable, pero tenía un defecto: le gustaba el traguito, y con frecuencia aprovechando la ausencia de los dueños degustaba dos que tres tragos de caros licores. Eso sí, no se excedía y procuraba que las dosis fuesen mesuradas para que el patrón no notase aquellos desfalcos etílicos.
En suma, el jardinero Flavio era un gustador y era el mejor amigo de Enrique, el hijo de los patrones. Este siempre buscaba a su amigo y le proponía jugar al béisbol. El pequeño siempre era el bateador y Flavio el pitcher, por lo que frecuentemente recibía duros trancazos. También le pedía que le llevara a la ciudad deportiva en donde el travieso niño le jugaba la mar de bromas: le colocaba “cola de burro”, le pedía lo cargara para jugar “al caballito. Flavio nunca se quejaba. Siempre estaba contento, risueño, pícaro, juguetón. Gozaba hacer sentir a Enrique que él siempre era el ganador. Solo deseaba el cariño del niño y sobre todo su lealtad en el espinoso asunto de la rapiña etílica. Jamás robó nada, salvo los tragos que, por la mañana, bajo los efectos de la resaca asemejaban a un coro de ángeles que descendía por su deteriorado esófago.
Como toda amistad la de Flavio y Enrique se fortaleció en ese continuo ir y venir, de dar y recibir que priva entre las verdaderas amistades. El niño transitó a la adolescencia y Flavio, presto estuvo en darle valiosos consejos paternales en torno a: la salud, al respeto a sus mayores, ciertas formas de espiritualidad y del amor. Con los años, ya jovencito, Enrique se enteró que Flavio tenía muchos hijos y que vivía en suma pobreza sin gran apoyo de sus patrones.
Pasaron los años, Enrique se convirtió en un exitoso profesionista, abandonó el hogar paterno y a Flavio después de más de 30 años de servicio lo despidieron, dizque porque les decía piropos a las domésticas. Por su parte Enrique era ya un alto funcionario gubernamental y vivía muy bien. Flavio, después de pensarlo mucho fue a verlo. Enrique le consiguió trabajo con un amigo forrado de dinero quien le contrató como jardinero. Su nuevo patrón lo apreciaba por su honestidad y salvo los tragos que ingería, Flavio jamás abusó de la confianza otorgada.
Y sucedió lo inevitable, el consumo etílico le cobró factura. Le diagnosticaron várices en el esófago y un hígado destruido. Enrique al saberlo le apoyó financieramente para cubrir los gastos médicos. Le animaba, pero la realidad era que a Flavio le quedaba poca vida. Enrique decidió llevarle a su casa y cuando llegaron le tenía preparada una sorpresa: una rica cena, tres o cuatro botellas de los vinos que ingería a escondidas y dos hermosas mujeres: una para él y otra para su amigo.
Flavio revivió. Pasó una noche feliz, desmesuradamente feliz. Terminaron los cuatro bebiendo champagne. Meses después, ya postrado en su cama, sin poder levantarse ni caminar, Flavio le pidió a Enrique un último deseo: “Quiero que leas una carta que te dejo con mis hijos, pero hasta después de mi muerte”. En la misiva Flavio le mostraba el agradecimiento de su amistad y redoblaba los consejos que de niño y joven le ofreció, además, le dejaba como herencia un viejo reloj de bolsillo que el niño Enrique siempre quiso tener. Enrique no espero el deceso de su amigo y abrió la carta cuando aún este se encontraba con vida, redactando de inmediato una respuesta que entre otras cosas decía: “Quiero decirte que eres el mejor amigo que pude haber encontrado. Eres mi hermano, mi hermano del alma, mi compañero de aventuras, el padre que hubiera querido tener”.
Flavio no alcanzó a leerla. Murió horas después de que estuvo a punto de concretarse el intercambio epistolar.
La gente que acudió a despedirlo a la funeraria se preguntaba el por qué Flavio con un extraordinario aspecto de tranquilidad, en su féretro apretaba con firmeza una carta cerrada en la que se alcanzaba a leer el destinatario: “Para mi Hermano Flavio”


